Las mujeres maduras también abortamos

Hola a todas, escribo este testimonio a modo de catarsis, como para cerrar definitivamente un capítulo de mi vida que sucedió hace dos años. Resulta que cuando escuchas hablar sobre aborto, parece como si únicamente las chicas jóvenes, inexpertas y un poco tontas y promiscuas recurrieran a él como una técnica anticonceptiva… nada más equivocado que eso.

Tenía 33 años, el trabajo de mis sueños, una hija adolescente y al fin había conseguido cierta libertad económica. Me sentía en mi mejor momento, no solo emocional, sino físicamente, pues esos kilos de sobra ya habían sido eliminados de mi cuerpo y podía lucir la ropa con la que soñaba durante mis veintes. Hasta que lo conocí…

Se pintó como el hombre de mis sueños, ese que sabía tanto de música, cine y libros como yo, o tal vez más; no era precisamente guapo, pero su inteligencia y sentido del humor me conquistaron y me dejé ir como siempre que una mujer se enamora: sin temores, sin miedos al futuro. Sin embargo, al comenzar a tener relaciones sexuales, decidió retirarse los preservativos sin avisar, y al  poco tiempo pasó lo que tenía que pasar: estaba embarazada.

Evidentemente esa relación era totalmente destructiva, decidí que no quería volver a verlo más, pero también supe que tener un hijo era algo que no solo salía de mis planes, sino que iba a truncar esa estabilidad que tanto me había costado afrontar. Yo ya era una mamá soltera, no iba a aceptar que romantizaran la idea de afrontar nuevamente un hijo inesperado, así que decidí actuar rápidamente.

Hice mi cita en la clínica y fui sola, no quería que nadie se enterara de lo que pasaba. La enfermera me dijo que fui muy imprudente al acudir sin acompañante, pero mi valor no era tal como para pedirle a alguna persona de confianza que fuera conmigo. Al tipo que me embarazó intencionalmente, decidí bloquearlo de mi vida, no deseaba que supiera que su machismo triunfó sobre mí.

Opté por una aspiración uterina, no sentí dolor cuando desperté de la anestesia, solo me sentía un poco cansada y mareada cuando tomé el uber a casa. Afortunadamente hago home office y nadie notó que bajo el saco ejecutivo había una pijama holgada.

Confieso que sentí mucho alivio cuando  todo acabó, pero también hay noches en las que imagino cómo hubiera sido tomar el otro camino, y es entonces cuando la certeza de haber tomado la decisión correcta me permite conciliar el sueño.

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