Embarazada por una violación

Cuando tenía 17 años, un tipo abusó de mí; estaba en el último año de preparatoria y me preparaba para estudiar ingeniería. Nunca me consideré una chica atractiva, mis piernas flacas y mi falta de cintura me hacían sentir poco atractiva, además mi cabello es un desastre siempre y tengo un poco de acné.

Hasta ese día, era virgen y nunca había tenido novio. Los amigos de una amiga nos invitaron a una fiesta de Halloween a la que había que ir disfrazados y, aunque no eran los grandes disfraces reconozco que al momento no supe quién me drogó, sólo sé que bebí lo mismo que mi amiga y que las otras chicas, y que me llevaron a un cuarto pensando que estaba borracha.

Mis amigas y yo creímos conocer al tipo que me violó, pero nos dio un nombre falso. Lo sé porque no había ningún tipo con su nombre en la fiesta de ese día según las averiguaciones de la policía. No recuerdo bien lo que pasó, solo tengo flashbacks de su cara sobre la mía, su maldita cara de placer que me hacía “Shhh” cuando trataba de quitármelo de encima sin muchas fuerzas.

Hablar de lo sucia que me sentí y de cómo denunciamos y me revisaron en los consultorios que tiene la policía no lo haré. Es denigrante y hasta repetitivo. De lo que hablaré es de lo poco que me creyeron los médicos, decían que al no dar nombres reales encubría al tipo que me violó, que seguramente era un exnovio y que no quería que mis papás me dejaran abortar.

¿Abortar? Ni siquiera sabía que estaba embarazada, estando tan enfocada en la denuncia, en mi dolor, en cómo mis “amigas” me dejaron de hablar y no me ayudaron a encontrar al tipo que me violó porque básicamente tampoco me creyeron. Toqué el fondo del abismo de la depresión cuando supe que estaba embarazada: no quería ser mamá del hijo de mi violador.

¿Qué decirle a mi “hijo”, que su papi era un hijo de @&% que me violó y que ni siquiera lo conocía? Pero la policía estaba detrás de mí y me advirtieron que si abortaba me iban a meter a la cárcel. ¡A la cárcel! Violada, embarazada y en la cárcel porque los polis no me creían. Así que hable con mis papás, quienes me entendieron como nunca lo creí, de hecho ya se lo esperaban y me dieron la opción de tenerlo y que me ayudaran a criarlo, darlo en adopción o ir al DF por una interrupción legal.

La última opción fue la elegida.

Fuimos, me atendieron rapidísimo en una clínica, me atendieron como nunca lo imaginé y hasta me regalaron una sesión con una psicóloga y fue lo más liberador. Además de mis papás, ella fue la única que me creyó y me ayudó a soltar ese rencor.

De regreso en casa, cambié de escuela, cambié de amigos y cambié de imagen. No busqué atraer a nadie, de hecho la intimidad aún me cuesta un poco de trabajo, pero finalmente me pude enamorar de otro estudiante de ingeniería como yo y continué en mi ciudad con la terapia psicológica con la que aprendí a dejar el pasado atrás.

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