Consolándome en el dolor de un aborto espontáneo

Desahogo: Hace seis meses vivimos una pesadilla en mi hogar. Tenía 16 semanas de embarazo, fui a consulta al seguro y me hicieron un ultrasonido: 20 semanas de gestación, aún no se puede determinar el sexo, latidos normales y parto normal fue el diagnóstico. Me fui a casa, tan segura, tan tranquila y tan confiada, demasiado confiada.

Siempre me ha gustado el deporte y el médico dijo que podía seguir saliendo a trotar, pero que debía hacerlo más lentamente y evitar los abdominales, así que decidí cambiar mi rutina por yoga y pilates. Pero un día, saliendo del gimnasio sentí un dolor punzante en el estómago; pensé que sería algo normal pues no era del área donde se supone que estaba el bebé, era un dolor extraño, como cuando corremos con la boca abierta, pero para la noche ese dolor empezó a abarcar mi espalda y me sentía afiebrada.

A la mañana siguiente, después de dormir con dificultad, desperté mucho mejor así que olvidé lo que pasó un día antes y volví a mi trabajo y al gym, pero a la noche cuando mi esposo llegó a casa me encontró ardiendo en fiebre otra vez.

A la mañana fuimos a urgencias, al cabo de unos minutos lo supe: no había más latidos del corazón del bebé. Ese fue uno de los días más difíciles que he vivido: me interrogaron, hablaron con mi esposo, sospecharon de nosotros, como si hubiéramos interrumpido voluntariamente el crecimiento de un bebé al que esperábamos con alegría; las enfermeras me trataron mal, sentí dolor durante el legrado, pero no quisieron ponerme anestesia general, al final me regresaron a un cuarto donde había más mujeres en una situación similar, todas sin nuestra pareja ni familiares, asustadas por no saber qué iba a pasar y si nos culparían de haber cometido un crimen que debería ser un derecho para las mujeres.

Los siguientes días fueron una tortura pues aún sentía como si siguiera embarazada, sentía pataditas en mi vientre y aún tenía náuseas por la mañana, pero no quería salir de mi casa, ni siquiera quería despertar en las mañanas. Fue muy difícil aceptar todo lo que pasó y que nada fue nuestra culpa, aún estamos en el proceso para superarlo, trabajando porque no afecte nuestra relación de pareja ni los intentos que podamos hacer después para tener un hijo.

No juzgo a las mujeres que acuden voluntariamente a interrumpir sus embarazos, pues se enfrentan a malos tratos, a tratamientos dolorosos y a la posibilidad de pagar con cárcel por un servicio al que todas deberíamos tener derecho, ya sea que lo requieras por voluntad o que lo necesites, como fue mi caso.

Gracias por leerme.

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