Mi experiencia con “la pastilla mágica”

Hace ya tiempo que pasó lo que ahora voy a contar. No sé por qué me atrevo a escribir esto, tal vez sea porque nunca lo he contado a nadie o por el anonimato de esta página; quizá sea para liberar un poco a mi consciencia de algo que, en su tiempo fue doloroso.

Aunque formo parte de esas chicas que crecieron con educación sexual y padres relativamente abiertos en temas sexuales, así como con acceso a Internet y muy buenas calificaciones, quedé embarazada cuando estudiaba la preparatoria. Fue una sorpresa muy grande porque siempre fui una niña demasiado estudiosa, con pocos amigos, sin interés por ir a fiestas y sólo había tenido un novio, igual de geek que yo. Nuestros padres nos veían con orgullo, esperaban que termináramos la prepa y fuéramos juntos a la universidad… ¿Medicina? ¿Arquitectura? ¿Ingeniería? Cualquier carrera estaría a nuestros brillantes pies.

Pero a tan brillantes mentes no se les ocurrió que les podía pasar a ellos quedar embarazados; mi novio estaba en shock porque solo habíamos hecho un par de intentos por tener relaciones sexuales, los dos nos considerábamos vírgenes aún, pero precisamente la falta de experiencia y el profundo desconocimiento de anatomía nos hizo tener un embarazo no deseado ni planeado y que tampoco sería bien recibido por nuestros papás.

Yo lloré, no quería verme engordar mientras llevara el uniforme, tampoco quería ser señalada como a las otras chicas a las que llamaban “fáciles” por disfrutar de su vida sexual. Pero lo que me mas me preocupaba era ¿cómo iba a criar a un bebé si yo misma sigo siendo una niña-adolescente? Aún veo  Hora de Aventura y Bob Esponja a escondidas, si todos dicen que un bebé es una bendición ¿por qué me sentía tan triste?

Así que me decidí a buscar opciones para abortar, las clínicas cobraban un promedio de 4 mil pesos. ¿De dónde diablos sacarían tanto dinero dos pobres estudiantes de preparatoria? Pero me topé con las pastillas mágicas: misoprostol y mifepristona, así que el pobre chico tuvo que conseguir las 8 pastillas, era lo menos que podía hacer. Ambos pagamos con nuestros ahorros y con pequeños hurtos a nuestros hermanos y padres, pero qué más daba robar un poco de dinero si ya íbamos a cometer algo más grave.

Así que lo hice: una noche me puse las pastillas hasta el fondo de mi cuerpo y me quedé con las piernas levantadas, sin beber agua ni levantarme. Los efectos fueron indescriptibles: sangre, mucha sangre y como tejidos… sangré y sangré por días, cuidándome de que mi madre no notara ese aumento sospechoso en las toallas que utilizaba; aguanté los dolores en el vientre, mis compañeros creían que estaba enferma porque iba pálida a la escuela, pero no era por el dolor de panza: me sentía devastada y mi novio no ayudaba mucho. Ellos no comprenden esos momentos en que no te entiendes ni tú misma, así que me alejé de él y repetí sola el tratamiento como lo indicaba la página web.

A pesar de todo lo que encuentras en Internet, nadie puede expresar lo que realmente se siente abortar, a nadie le gusta perder nada y yo había perdido un novio y un bebé de golpe; fueron decisiones duras, pero no me arrepiento, cada cosa llega en su momento y ese no era el mío para ser madre. Nunca en mi vida volvería a abortar, pero ahora soy una mujer madura, con un trabajo estable y un novio relativamente nuevo, quien no sabe ni conocerá esta historia, ya que queda muy en lo profundo de mi consciencia y en la de ese chico que no me supo comprender en su momento.

Esta entrada fue publicada en Aborto Inducido. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario